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El temor de un hombre sabio, Patrick Rothfuss

por Aghata
martes, 17 de enero del 2012 a las 00:27

¿Serías capaz de seguir el rasgueo de este laúd y cantar una canción que verdaderamente se amolde al texto de referencia? Ten en cuenta que el personaje es un músico de troupe. Va a cantar en una taberna. Ponte en situación: no sólo cantes la canción, descríbenos lo que siente y la respuesta del público. Siente como el silencio enardece su ego, pese a la aparente humildad con la que se dirige al público.

 

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He oído lo que los poetas escriben sobre las mujeres. Componen rimas y rapsodias, y mienten. He visto a marineros en la orilla contemplando en silencio la lenta ondulación del mar. He visto a viejos soldados con el corazón de cuero que derramaban lágrimas al ver los colores de su rey ondeando al viento.
Creedme: esos hombres no saben nada del amor.
No lo encontraréis en las palabras de los petas ni en la mirada anhelante de los marineros. Si queréis saber algo del amor, miradle las manos a un músico de troupe cuando toca un instrumento. Los músicos de troupe sí saben.
Miré a mi público, que poco a poco iba quedándose callado. Simmon me saludó con la mano, entusiasta, y yo le sonreí. Distinguí el cabello blanco del conde Threpe cerca de la barandilla del segundo balcón. Hablaba con seriedad con una pareja bien vestida y me señalaba. Seguía haciendo campaña a mi favor, aunque ambos supiéramos que era una causa perdida.
Saqué el laúd de su viejo y gastado estuche y empecé a afinarlo. No era el mejor laúd que había en el Eolio, ni mucho menos. El mástil estaba ligeramente torcido, pero no doblado. Una de las clavijas estaba suelta y tendía a alterar el sonido de la cuerda.
Rasgueé suavemente la clavija suelta y pasé las manos por la tibia madera del laúd. Había sitios donde el barniz tenía arañazos y roza duras. En el pasado lo habían tratado mal, pero eso no lo hacía menos maravilloso.
Sí, mi laúd tenía defectos, pero ¿qué importa eso cuando se trata de asuntos del corazón? Amamos lo que amamos. La razón no entra en juego. En muchos aspectos, el amor más insensato es el amor más verdadero. Cualquiera puede amar algo por algún motivo. Eso es tan fácil como meterse un penique en el bolsillo. Pero amar algo a pesar de algo es otra cosa. Conocer los defectos y amarlos también. Eso es inusual, puro y perfecto.
Stanchion me señaló trazando un arco con el brazo. Hubo un breve aplauso seguido de un silencio atento.
Le arranqué dos notas punteadas al laúd y observé que el público se inclinaba hacia mí. Acaricié una cuerda, la afiné ligeramente y empecé a tocar. Cuando sólo habían sonado unas pocas notas, todos  sabían ya qué canción iban a escuchar.
El temor de un hombre sabio, Patrick Rothfuss

La descripción

por Aghata
viernes, 13 de enero del 2012 a las 20:56
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Realmente a la hora de describir es importante que acotemos con exactitud lo que queremos describir. Esta descripción de Clarín es un ejemplo carismático. En ella la solitud de la ciudad únicamente es rota por el rumor del polvo que levantaba “objetos en descomposición”, que el autor dota de movimiento.  Eso es exactamente lo que voy a pedirte, que realices una descripción de un pueblo o una ciudad lo suficientemente delimitada para crear un efecto hipnótico en el lector, una fuerte impresión. Imagina pues que vas a escribir el comienzo de una novela y que lo haces con la inmediata descripción del espacio en el que van a ubicarse los acontecimientos y los personajes. Minimaliza los objetos, las personas, etc., de forma que los dotes de autonomía. Fija bien tu mirada en aquello que quieres describir y deja que cobre movimiento, vida, categoría. Pero no disperses la atención del lector, se preciso y claro.  

La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles, que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina, revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turba de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo, se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispensándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras los carteles de papel mal pegados a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo.

LEOPOLDO ALAS, CLARÍN,  La Regenta.  TAGS:

Primer día de vacaciones, Luis García Montero.

por Aghata
martes, 10 de enero del 2012 a las 23:54

Primer día de vacaciones.

 

Convierte este texto en un texto narrativo o en un microrrelato, atendiendo a sus caracteres más importantes.

Después elige el primer día de vacaciones que mayor impacto te produjo y transfórmalo en un poema.

Nadaba yo en el mar y era muy tarde,

justo en ese momento

en que las luces flotan como brasas

de una hoguera rendida

y en el agua se queman las preguntas,

los silencios extraños.

 

Había decidido nadar hasta la boya

roja, la que se esconde como el sol

al otro lado de las barcas.

 

Muy lejos de la orilla,

solitario y perdido en el crepúsculo,

me adentraba en el mar

sintiendo la inquietud que me conmueve

al adentrarme en un poema

o en una noche larga de amor desconocido.

 

Y de pronto la vi sobre las aguas.

Una mujer mayor,

de cansada belleza

y el pelo blanco recogido,

se me acercó nadando

con brazadas serenas.

Parecía venir del horizonte.

 

Al cruzarse conmigo

se detuvo un momento y me miró a los ojos:

no he venido a buscarte,

no eres tú todavía.

 

Me despertó el tumulto del mercado

y el ruido de una moto

que cruzaba la calle con desesperación.

Era media mañana,

el cielo estaba limpio y parecía

una bandera viva

en el mástil de agosto.

Bajé a desayunar a la terraza

del paseo marítimo

y contemplé el bullicio de la gente,

el mar como una balsa,

los cuerpos bajo el sol.

 

                                       En el periódico

el nombre del ahogado no era el mío.

Luis García Montero.

Casi cien poemas

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El confidente secreto, Joseph Conrad

por Aghata
jueves, 01 de diciembre del 2011 a las 23:20
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Veamos si somos capaces de ponernos en la piel de este lobo de mar al que se le avecinan los problemas: es la primera vez que toma el mando, su primera travesía como capitán; debe pelear con dos elementos que pueden estallar como un polvorín de un momento a otro: por un lado, la furia del mar y los elementos y, por otro, una presencia extraña: un hombre que ha cometido un asesinato y que sube al barco, exhausto. El capitán lo acoge al comprobar las circunstancias que han provocado sus actos; pero  ahora, después de dejarle un pijama de su talla y acomodarlo en su camarote, se ve a sí mismo reflejado en el espejo. Además aún debe pelear contra otro elemento y éste es aún más peligroso: su curiosa tripulación, de la que prácticamente lo desconoce todo.

Con todos estos elementos escribe una continuación verosímil de esta historia.

 

 

Era una litera más bien alta, con cajones debajo. Aquel asombroso nadador (al que tuve que empujar, sosteniéndole la pierna), se desplomó en su interior, se tumbó boca arriba y se tapó el rostro con el brazo. De esa forma, con el rostro semioculto, su aspecto era bien parecido al mío cuando estaba durmiendo. Observé un rato a mi otro yo antes de cerrar las cortinas de estambre en color verde, sujetas a una barra de bronce. Para mayor seguridad, pensé en agarrarlas con un imperdible, pero me senté en el catre, y una vez allí me dio pereza ir a buscarlo. Luego lo haría. Estaba agotado, íntimamente agotado, por las maniobras a las que me obligaba nuestra clandestinidad, por ese nerviosismo de tener que guardar aquel secreto. Ya eran las tres y yo estaba levantado desde las nueve, pero no tenía sueño; tampoco hubiera podido dormirme. Me senté, agotado, y contemplé las cortinas, tratando de conjurar la sensación de estar en dos sitios a la vez, profundamente inquieto por un golpe que sentí en la cabeza. Pero pronto descubrí, con alivio, que no había sido en mi cabeza, sino en la puerta. “¡Adelante!”, dije sin pensarlo, y el mayordomo entró con una bandeja, trayéndome el café de la mañana.

 

El confidente secreto, Joseph Conrad

 

Bajarse al moro, José Alonso de Santos

por Aghata
martes, 11 de octubre del 2011 a las 00:34
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Escribe una respuesta verósimil a este diálogo ficticio que mantieje Jaimito con su hamster Humphrey.

JAIMITO: Hay que visitar a los amigos cuando les dan un tiro. Ya lo sabes para la próxima vez. En el Hospital
se estaba bien. Era un poco triste, pero tranquilo. Lo peor eran las vistas. Mi ventana daba justo enfrente del depósito de cadáveres. Un palo, tío. Cada vez que me asomaba me daba un bajón. Pero tranquilo, me iba al pasillo, y paseo va, paseo viene. Allí todos te cuentan la vida. En cuanto te ven se te acercan, y que si la tía, que si el padre, que si yo soy el más enfermo de toda la planta, que no me entienden los médicos…  A veces dos, uno de cada brazo a la vez. ¿Tú crees que esto se me pasará? ¡Quieres dejar de dar vueltas de una vez a ese cacharro! No sé cómo no te hartas de la rueda esa. No puedo respirar. ¿Has estado enamorado alguna vez, Humphrey? No te lo aconsejo. Claro que tú también, ahí metido, como no te enamores de una mosca que pase. Yo, antes de esto, sólo de aquella chica de Simago. No te preocupes, que no te lo cuento otra vez. Pero no era como ahora. Ahora es peor, la otra malo, y esta peor. Es ridículo. Esto es ridículo… (Se suena disimulando las lágrimas.) Estoy un poco constipado, sabes. Sí, te lo juro. Soy un ridículo, por mucho que te empeñes, lo soy y ya está. Un idiota. ¿Quieres más lechuga?



JOSÉ LUIS ALONSO DE SANTOS,  Bajarse al moro.

La espera, Jorge Luis Borges

por Aghata
jueves, 08 de septiembre del 2011 a las 13:46
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La espera

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Sabemos que el destino es uno de los leitmotiv frecuentes en los relatos de Borges. Es habitual que aparezca como un destino ineludible, una fatalidad imposible de alterar o detener.  Según esto nos encontramos con el prescriptivo demiurgo que mueve los personajes a su antojo. El personaje nada puede hacer. Para él se han borrado los límites del tiempo y es en esa disolución donde se forja esa atmósfera tan peculiar, que provoca extrañeza  y nos impele a seguir leyendo. Pero además en este relato encontramos algunos de los trucos más comunes, esos que disocian al buen escritor del amateur: una cuidada dosificación de la información, la ralentización del final, pese a las continuas pistas introducidas, la conexión –en este caso- entre cine y literatura. Esta simbiosis de procedimientos marca la diferencia; gracias a ellos reconocemos un estilo, la maestría a la hora de urdir los mecanismos narrativos, el exquisito hilo con el que cose las palabras, pese a la inmediatez o brevedad del género.

Eso es lo que pretendemos que hagas. Queremos que leas detenidamente el cuento, que te fijes en el carácter del personaje, en la relación que mantiene con los elementos narrativos, que participes del juego, con tu mejor baza. Pero, en este caso, nos permitiremos una licencia. Queremos que seas capaz de estirarle de las orejas al cuento, hasta ponerlo boca abajo, de forma que el final sea el principio: el embrión de la trama.  Debes –eso sí- fijarte en todo lo demás, no queremos que cambies lo que sucede ni que reinventes al personaje o lo dotes de un carácter disímil. Borges no admitiría esa broma y su cuento sufriría seguramente una extirpación demasiado dolorosa. Eso sí, hazlo con tus propias palabras.  Nada de hijastros maleducados, sino compañeros capaces de participar, con aplomo, en el juego.

Aghata

 

El tema del destino es uno de los más frecuentes en los relatos de Borges. En este, como en otros muchos, se presenta la fatalidad, es decir, la imposibilidad de detenerlo  o alterarlo, como si ya hubiera sido escrito.

Fíjate cómo se borran los límites del tiempo y las fronteras entre sueño y realidad y que es justamente esa disolución la que crea la atmósfera tan peculiar. Además es en este relato es fundamental los procedimientos que utiliza el autor para retrasar el desenlace o cómo se disecciona la información fundamental. Además de los continuos indicios del desenlace, estamos ante un cuento en el que se diluyen las fronteras entre el cine y la literatura, un texto donde la simbiosis de relaciones es justamente la que marca la diferencia, la que nos permite reconocer los rasgos de Borges.

 

 

El coche lo dejó en el cuatro mil cuatro de esa calle del Noroeste. No habían dado las nueve de la mañana; el hombre notó con aprobación los manchados plátanos, el cuadrado de tierra al pie de cada uno, las decentes casas del balconcito, la farmacia contigua, los desvaídos rombos de la pinturería y ferretería. Un largo y ciego paredón de hospital cerraba la acera de enfrente, el sol reverberaba, más lejos, en unos invernáculos. El hombre pensó en esas cosas (ahora arbitrarias y causales y en cualquier orden, como las que se ven en los sueños) serían con el tiempo, si Dios quisiera, invariables, necesarias y familiares. En la vidriera de la farmacia se leía en letras de loza: Breslauer, los judíos estaban desplazando a los italianos, que habían desplazado a los criollos. Mejor así; el hombre prefería no alternar con gente de su sangre.

El cochero le ayudó a bajar el baúl; una mujer de aire distraído o cansado abrió por fin la puerta. Desde el pescante el cochero le devolvió una de las monedas, un vintén oriental que estaba en su bolsillo desde esa noche en el hotel de Melo. El hombre le entregó cuarenta centavos, y en el acto sintió: <<Tengo la obligación de obrar de manera que todos se olviden de mí. He cometido dos errores: he dado una moneda de otro país y he dejado ver que me importa esa equivocación>>.

Precedido por la mujer, atravesó el zaguán y el primer patio. La pieza que le habían reservado daba, felizmente, al segundo. La cama era de hierro, que el artífice había deformado en cuevas fantásticas, figurando ramas y pámpanos; había, asimismo, un alto ropero de pino, una mesa de luz, un estante con palangana, una jarra, su jabonera y un botellón de vidrio turbio. Un mapa de la provincia de Buenos  Aires y un crucifijo adornaban las paredes; el papel era carmesí, con grandes pavos reales repetidos, de cola desplegada. La única puerta daba al patio. Fue necesario variar la colocación de las sillas para dar cabida al baúl. Todo lo aprobó el inquilino; cuando la mujer le preguntó cómo se llamaba, dijo Villari, no como un desafío secreto, no para mitigar una humillación que, en verdad, no sentía, sino porque ese nombre lo trabajaba, porque le fue imposible pensar en otro. No le sedujo, ciertamente, el error literario de imaginar que asumir el nombre del enemigo podía ser una astucia.

-El señor Villari, al principio, no dejaba; cumplidas unas cuantas semanas, dio en salir, un rato, al oscurecer. Alguna noche entró en el cinematógrafo que había a las tres cuadras. No pasó nunca de la última fila; siempre se levantaba un poco antes del fin de la función. Vio trágicas historias del hampa; éstas, sin duda, incluían errores, éstas, sin duda, incluían imágenes que también lo eran de su vida anterior; Villari no los advirtió porque la idea de una coincidencia entre el arte y la realidad era ajena a él. Dócilmente trataba de que le gustaran las cosas, quería adelantarse a la intención con que se las mostraban. A diferencia de quienes han leído novelas, no se veía a sí mismo como un personaje del arte.

No le llegó jamás una carta, ni siquiera una circular, pero leía con borrosa esperanza una de las secciones del diario. De tarde, arrimaba a la puerta una de las sillas y mateaba con seriedad, puestos los ojos en la enredadera del muro de la inmediata casa de altos. Años de soledad le habían enseñado que los días, en la memoria, tienden a ser iguales, pero que no hay un día, ni siquiera de cárcel o de hospital, que no traiga sorpresas, que no sea al trasluz una red de mínimas sorpresas. En otras reclusiones había cedido a la tentación de contar los días y las horas, pero esta reclusión era distinta, porque no tenía término –salvo que el diario, una mañera trajera la noticia de la muerte de Alejandro Villari. También era posible que Villari ya hubiera muerto y entonces esta vida era un sueño. Esa posibilidad lo inquietaba, porque no acabó de entender si se parecía al alivio o a la desdicha; se dijo que era absurda y la rechazó. En días lejanos, menos lejanos por el curso del tiempo que por dos o tres hechos irrevocables, había deseado muchas cosas, con amor sin escrúpulo: esa voluntad poderosa, que había movido el odio de los hombres y el amor de alguna mujer, ya no quería cosas particulares: sólo quería perdurar, no concluir. El sabor de la yerba, el sabor del tabaco negro, el creciente filo de sombra que iba ganando el patio, eran suficientes estímulos.

Había en la casa un perro lobo, ya viejo. Villari se amistó con él. Le hablaba en español, en italiano y en las pocas palabras que le quedaban del rústico dialecto de su niñez. Villari trataba de vivir en el mero presente, sin recuerdos ni previsiones, los primeros le importaban menos que las últimas. Oscuramente creyó intuir que el pasado es la sustancia de que el tiempo está hecho; por ello es que éste se vuelve pasado en seguida. Su fatiga, algún día, se pareció a la felicidad; en momentos así, no era mucho más complejo que el perro.

Una noche lo dejó asombrado y temblando una íntima descarga de dolor en el fondo de la boca. Ese horrible milagro incurrió a los pocos minutos y otra vez hacia el alba. Villari, al día siguiente, mandó buscar un coche que lo dejó en un consultorio dental del barrio del Once. Ahí le arrancaron la muela. En ese trance no estuvo más cobarde ni más tranquilo que otras personas.

Otra noche, al volver del cinematógrafo, sintió que lo empujaban. Con ira, con indignación, con secreto alivio, se encaró con el insolente. Le escupió una injuria soez, el otro, atónito, balbuceó una disculpa. Era un hombre alto, joven, de pelo oscuro, y lo acompañaba una mujer de tipo alemán; Villari, esa noche, se repitió que los conocía. Sin embargo, cuatro o cinco días pasaron antes que saliera a la calle.

Entre los libros del estante había una Divina Comedia con el viejo comentario de Andreoli.. Menos urgido por la curiosidad que por un sentimiento de deber, Villari acometió la lectura de esa obra capital; antes de comer, leía un canto, y luego, en orden riguroso, las notas. No juzgo inverosímiles o excesivas las penas infernales y no pensó que Dante lo hubiera condenado al último círculo, donde los dientes de Ugolino roen sin fin la nuca de Ruggieri.

Los pavos reales del papel carmesí parecían destinados a alimentar pesadillas tenaces, pero el señor Villari no soñó nunca con una glorieta hecha de inextricables pájaros vivos. En los amaneceres soñaba un sueño de fondo igual y de circunstancias variables. Dos hombres y Villari entraban con revólveres en la pieza o lo agredían al salir del cinematógrafo o eren, los tres a un tiempo, el desconocido que lo había empujado, o lo esperaban tristemente en el patio y parecían no conocerlo. Al fin del sueño, él sacaba el revólver del cajón de la inmediata mesa de luz (y es verdad que en ese cajón guardaba un revólver) y lo descargaba contra los hombres. El estruendo del arma lo despertaba, pero siempre era un sueño y en otro sueño, el ataque se repetía y en otro sueño tenía que volver a matarlos.

Una turbia mañana del mes de julio, la presencia de gente desconocida (no el ruido de la puerta cuando la abrieron) lo despertó. Altos en la penumbra del cuarto, curiosamente simplificados por la penumbra (siempre en los sueños del temor habían sido más claros), vigilantes, inmóviles y pacientes, bajos los ojos como si el peso de las armas los encorvara. Alejandro Villari y un desconocido lo habían alcanzado, por fin. Con una seña les pidió que esperaran y se dio la vuelta contra la pared, como si retornara el sueño. ¿Lo hizo para despertar la misericordia de quienes lo mataron, o porque es menos duro sobrellevar un acontecimiento espantoso que imaginario y aguardarlo sin fin, o –y esto es quizá lo más verosímil, para que los asesinos fueran un sueño, como ya lo habían sido tantas veces, en el mismo lugar, a la misma hora?

En esa magia estaba cuando lo borró la descarga.

Jorge Luis Borges: La espera

(Buenos Aires, 1899- Suiza, 1986) TAGS:

Las brujas, Roald Dahl

por Aghata
domingo, 04 de septiembre del 2011 a las 18:55
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Roald Dahl es un maestro de la literatura infantil, sabe cómo pulsar las teclas, sabe producir extrañeza pero  sobre todo sabe construir puentes y ciudades sin murallas: mundos imaginarios en los que el niño se siente extasiado, ensimismado. Te propongo un juego: desentumece la pereza y dirígete a un museo, el que tengas más cerca de tu casa o el que siempre visitas. Escoge un cuadro o una fotografía, un objeto, etc. Imagina que estás atrapado dentro, que tu mundo se reduce a ese microcosmos. Intenta establecer un diálogo con todos esos seres que se acercan a ti, pero desconocen que eres uno de ellos. ¿Sería posible el movimiento? Concentras tu mente en un punto fijo, en una mirada, en esa persona que está frente a ti, aunque situada en una acotación distinta. Si pudieras hablarle, si pudieras lanzarle una señal, si ella pudiera reconocerte.

 

 

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Escucha- dijo ella-, he conocido por lo menos cinco niños que, sencillamente, desaparecieron de la faz de la tierra y nunca se les volvió a ver. Las brujas se los llevaron (…)

-¿Cómo, abuela? ¿Cómo se esfumaron?

-En todos los casos, alguien había visto a una señora extraña cerca de la casa, justo antes de que sucediera.

-Pero, ¿cómo desaparecieron?

El segundo caso fue muy raro –dijo mi abuela-. Había una familia llamada Christiansen. Vivian eh Holmenkollen y tenían un cuadro al óleo en el cuarto de estar, del cual estaban muy orgullosos. No había ninguna persona en el cuadro, sólo una bandada de patos en un patio con hierba y la granja al fondo. Era un cuadro grande y bastante bonito. Bueno, pues un día, su hija Solveg vino del colegio comiendo una manzana. Dijo que una señora muy simpática se la había dado en la calle. A la mañana siguiente, la pequeña Solveg no estaba en su cama. Los padres la buscaron por todas partes, pero no pudieron encontrarla. Entonces, de repente, su padre gritó: “Allí está. ¡Esa es Solveg! ¡Está dando de comer a los patos!”. Señalaba el cuadro y, efectivamente, Solveg estaba allí. Estaba de pie en el patio, con un cubo en la mano, echándoles pan a los patos. El padre corrió hasta el cuadro y la tocó. Pero eso no sirvió de nada. Simplemente formaba parte del cuadro, era sólo una imagen pintada en el lienzo.

-¿Tú viste alguna ese cuadro, abuela, con la niña?

-Muchas veces- dijo la abuela-. Y lo curioso es que la pequeña Solveg cambiaba a menudo de posición dentro del cuadro. Un día estaba dentro de la granja y se veía su cara asomada a la ventana. Otro día, a la izquierda, sosteniendo un pato entre los brazos.

-¿La viste moviéndose dentro del cuadro, abuela?

-Nadie la vio moverse. Tanto si estaba fuera, dando de comer a los patos, como si estaba dentro, mirando por la ventana, siempre estaba inmóvil, era sólo una figura pintada al óleo. Era todo muy raro –dijo mi abuela-. Rarísimo. Y lo más raro de todo era que, a medida que pasaban los años, ella se iba haciendo mayor en el cuadro. Al cabo de diez años, la niña se había convertido en una chica joven. Al cabo de treinta años, en una mujer madura. Luego, de repente, cincuenta y cuatro años después, desapareció del cuadro para siempre.

Roald Dahl, Las brujas.



El licenciado Vidriera, Miguel de Cervantes

por Aghata
viernes, 02 de septiembre del 2011 a las 23:37

Muchas de las narraciones infantiles construyen sus cimientos al otro lado del espejo. Me explico: crean un mundo inusitado, poblado de seres increíbles que salen de una Nada como un conejo de una chistera. En esas historias se construye un sólido universo paralelo que potencia la imaginación del niño, facilitando de este modo que se ejercite el músculo de la fantasía gracias a los estímulos inéditos, a las sugestiones y su magia sana y volátil.

Pero esta capacidad de fabulación es un estímulo, una torre de Babel en la que viven todos los grandes creadores, entre ellos, por supuesto, Cervantes. Lo que te proponemos en este caso es sencillo. Te has transformado en un ser de cristal. Y- como le sucede a Tomás- tu sensibilidad se ha multiplicado. Sales al mundo, con esa nueva identidad diáfana y quebradiza. Nadie debe tocarte porque podías estallar en mil micropartículas y morirías. Eres un ser incomprendido, pero tú  devuelves esa locura transitoria, con pelotas clarividentes: pensamientos, ideas, disertaciones, capaces de desafiar la naturaleza más sabia. Vas más allá del resto en tus apreciaciones. Ves el microcosmos que se esconde en cada uno de los seres que te rodean. Y es ahora, cuando la gente te mira sin comprender lo que estás viendo, cuando tú, lanzas a sus ojos la bola de cristal y les muestras lo que ellos desconocen, lo que la perplejidad de su mundo te ha desvelado.

 

Aghata

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El hombre de cristal

 

Seis meses estuvo en la cama Tomás, en los cuales se secó y se puso, como suele decirse, en los huesos, y mostraba tener turbados todos los sentidos; y aunque le hicieron los remedios posibles, sólo le sanaron la enfermedad del cuerpo, pero no la del entendimiento; porque quedó sano, y loco de la más extraña de las locuras que entre las locuras hasta entonces se había visto. Imaginóse el desdichado que era todo hecho de vidrio, y con esta imaginación, cuando alguno se llegaba a él, daba terribles voces, pidiendo y suplicando con palabras y razones concertadas que no se le acercasen, porque le quebrarían; que real y verdaderamente él no era como los otros hombres, que todo era de vidrio, de pies a cabeza.

Para sacarle de esta extraña imaginación, muchos, sin atender a sus voces y rogativas, arremetieron contra él y le abrazaron, diciéndole que advirtiese y mirase cómo no se quebraba. Pero lo que se granjeaba con esto era que el pobre se echaba en el suelo dando mil gritos, y luego se tomaba un desmayo del cual no volvía en sí en cuatro horas: y cuando volvía, será renovando las plegarias y rogativas de que otra vez no se le acercasen. Decía que le hablasen desde lejos, y le preguntasen lo que quisiesen porto a todo respondería con más entendimiento, por ser hombre de vidrio y no de carne; que el vidrio por ser de materia sutil y delicada, obraba por ella el alma y con más prontitud y eficacia que no por la del cuerpo, pesada y terrestre. Quisieron algunos experimentar si era verdad lo que decía, y así, le preguntaban muchas y difíciles cosas, a las cuales respondió espontáneamente con grandísima agudeza de ingenio, cosa que causó admiración a los más letrados de la Universidad y a los profesores de Medicina y Filosofía, viendo que era un sujeto donde se contenía tan extraordinaria locura como era el pensar que fuese de vidrio, se encerrase tan grande entendimiento, que respondiese a toda pregunta con propiedad y agudeza. (…)

Tuviéronle encerrado sus amigos mucho tiempo, pero viendo que su desgracia pasaba adelante, determinaron condescender con lo que él les pedía; que era le dejasen andar libre. Y así le dejaron, y él salió por la ciudad, causando admiración y lástimas a todos los que le conocían. Cercáronle luego los muchachos; pero con la vara los detenía, y les rogaba que le hablasen apartados porque no se quebrase, que por ser hombre de vidrio era muy tierno y quebradizo. Los muchachos, que son la más traviesa generación del mundo, a despecho de sus ruegos y voces le comenzaron a tirar trapos y aún piedras a ver si era de vidrio como él decía; pero él daba tantas voces y hacia tales extremos, que movía  a los hombres a que riñesen y castigasen a los muchachos porque no le tirasen.

MIGUEL DE CERVANTES: El licenciado Vidriera.

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Por el sendero de la creatividad

Penetra en el laberinto de Ághata: mi asesoría literaria.  Has entrado en esta casa que espero que sea la tuya a partir de ahora. Anímate a penetrar en ese sendero de la creatividad y a conocer los hilos que cose la escritura literaria.

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