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El valor de la poesía Pedro Salinas

por Aghata
sábado, 31 de octubre del 2009 a las 01:11

Palabras previas a la lectura de su poesía

                                                       (Wellesley College, Mass., 1937)

 

Voy a decir unas palabras sobre el posible valor de la poesía para los seres humanos. Lo que quiero decir se podría resumir en estas palabras: un poema no es nada. Pero puede serlo todo. Una vez una niña estaba dibujando la calle de una ciudad por la que se paseaba una multitud de personas: y a éstas las representaba por medio de una serie de palotes, de manera que la humanidad quedaba reducida en el dibujo de la niña, a una serie de números uno. Mirando aquel ingenuo dibujo me di cuenta de la grandeza del hombre, que es también su gran tragedia: consiste en ser un número uno.  Es decir, tiene que vivir consigo y para sí. Sin duda, un limpiabotas de Nueva York es un ser muy limitado. Tampoco podemos poner en duda que Napoleón fuera un ser muy limitado: porque no podía ser más que Napoleón. Más por muy fuerte que sea una personalidad siempre tiene deseos de salir de sí, de enajenarse, de extrañarse. El místico, el bailarín, el poeta, el borracho salen de sí. También al contemplar un cuadro o escuchar una melodía es una manera de apartarnos de nuestro propio ser.

Pero a ese impulso de salirnos de nuestro propio ser, de vivir algo que no sea propiamente lo nuestro, de perdernos en lo ajeno, lo acompaña otro impuso no menos fuerte: el de no dejar de ser uno mismo, no perder conciencia de la propia personalidad.

Al que sale de sí hasta el punto de perder conciencia de sí mismo se le llama <<loco>>. Pues bien, nada es tan enteramente análogo a la poesía como esos dos impulsos contradictorios y complementarios. Si leemos una novela o vemos un drama, nos salimos de nuestro ser, para vivir el papel de un personaje, para sustituir nuestra personalidad por la suya y vivir su vida ficticia, durante un corto plazo de tiempo. Mientras que la lectura de un poema nos saca de nosotros mismos, de nuestra realidad, nos hace perder el sentido de ser uno. Pero, simultáneamente, nos hace volver hacia el interior de nuestro ser: porque los protagonistas del poema leído somos nosotros mismos. Oímos el mismo canto del ruiseñor y sufrimos la misma pena del poeta: lo que a él le ocurrió, nos ocurre también a nosotros, aunque sea en menor escala. Es decir, la lectura del poema nos saca de nuestro limitado yo, para inmediatamente volvernos a él. En cierta ocasión el escritor inglés Chesterton estaba haciendo las maletas en su casa de Chelsea. Llegó un amigo y le preguntó: << ¿A dónde te vas?>> <<A Chelsea>>, replicó Chesterton. <<Pero, cómo, ¡si estás en Chelsea!>> <<Es que –contestó Chesterton- voy a Chelsea pasando por París, Berlín, Viena y Constantinopla>>. Quería decir Chesterton, por supuesto, que cuando se sale de viaje es para regresar al punto de partida.

Así la lectura de un poema nos saca de nuestro ser, nos separa de nuestro yo superficial, pero sólo para llevarnos a nuestro yo más profundo, para devolvernos a nuestro verdadero ser. Se trata de un viaje de ida y vuelta. Porque cuando leemos un poema que nos conmueve, el poeta se convierte en parte de nuestro ser y, al mismo tiempo, nuestras emociones se identifican con las suyas, lo que fue del poeta se hace nuestro. Y así cuando Miss Equis lee un poema de Shelley ya no es Miss Equis: es Miss Equis más ese poema de Shelley. Y a su vez, el poema es algo más que el poema: es el poema más la personalidad y la emoción de Miss Equis. Esto quiere decir que el poeta, al hacer vivir a otros lo que ha vivido en él, multiplica la capacidad vital del poeta y se multiplica a sí mismo.

Para expresar gráficamente lo que quiero decir, podríamos enunciarlo así. a) el yo del lector es 1, b) el mundo es un todo, la suma, la totalidad; c) el poema no leído, en el libro cerrado, no es nada, equivale a cero. Y si colocamos el poema a la derecha del lector, del número uno, el resultado será 10.  El cero ha multiplicado (digamos) al uno y lo ha hecho (contrariamente a la regla matemática) diez veces más, lo ha hecho 10. Y el número uno, a su vez, ha dado valor al cero. En suma, se ha verificado la mágica operación de la poesía, la multiplicación de la capacidad de sentir, de entender, de vivir un momento dado. ¡Cuántos ceros se pueden poner a la derecha del número uno, esto es, cuántos poemas pueden multiplicar el espíritu de cada lector! Algo así como un trillón, un número casi infinito. Y así llegamos a un resultado mágico de una aritmética fantástica en la que el ser humano, que era uno en el poema (que era cero, como apunté), alcanza el valor del infinito, es decir, el valor poético puro.

Una de las estudiantes que me escuchen podría objetar: <<Sí, eso es cierto, pero ¿qué sucede si se ponen los ceros a la izquierda del uno? Entonces el uno no cambiaría de valor>>. Y, en efecto, así sería. Pero respondería también que los poemas, es decir, los ceros, hay que ponerlos siempre a la derecha del uno, porque así estará en el lugar del corazón. Y ahora sólo me resta pedirle perdón al Departamento de Matemáticas por mi fantasía numérica, al de Inglés por mi mala construcción de la frase y al de Dicción por mi execrable pronunciación. Y también al de Biología por mi alusión final al corazón (A continuación, Pedro Salinas leyó los poemas 13, 27, 36 y 46 de Razón de amor y el 54 de La voz a ti debida.)

Pedro Salinas, 1983. Ensayos Completos. Madrid, Editorial Taurus, 431- 433.

Comentarios sobre El valor de la poesía Pedro Salinas

La poesia es algo así como la biblia... ahí expresas lo que sientes día a día... es más que una combinación de palabras... Es vida de un alma enamorada.
                 Cuanto valor tiene la poesía... porque es valor a la vida de quien escribe...

Pedro Salinas : RAZÓN DE AMOR
(Para Aghata)

Estabas, pero no se te veía
aquí en la luz terrestre, en nuestra luz
de todos.
Tu realidad vivía entre nosotros
indiscernible y cierta
como la flor, el monte, el mar,
cuando a la noche
son un puro sentir, casi invisible.
El mediodía terrenal
esa luz suficiente
para leer los destinos y los números,
nunca pudo explicarte.
Tan sólo desde ti venir podía
tu aclaración total. Te iban buscando
por tardes grises, por mañanas claras,
por luz de luna o sol, sin encontrar.
Es
que a ti sólo se llega por tu luz.
Y así cuando te ardiste en otra vida,
en ese llamear tu luz nació,
la cegadora luz que te rodea
cuando mis ojos son los que te miran
—esa que tú me diste para verte—,
para saber quién éramos tú y yo:
la luz de dos.
De dos, porque mis ojos son los únicos
que saben ver con ella,
porque
con ella sólo pueden verte a ti.
Ni recuerdos nos unen, ni promesas.
No. Lo que nos enlaza
es que sólo entre dos, únicos dos,
tú para ser mirada, yo mirándote,
vivir puede esa luz. Y si te vas
te esperan, procelosas las auroras,
las lumbres cenitales, los crepúsculos,
todo ese oscuro mundo que se llama
no volvernos a ver:
no volvernos a ver nunca en tu luz.

                                   

Sí lerna, aunque a veces se adopte un rol y uno intente desembarazarse de sí mismo y distanciarse... Tienes razón, el amor se siente sin querer, pero nos llena, insufla las cosas, la realidad y a las personas, de una luz distinta
Un beso muy fuerte

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Aghata

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Hola Abraham, ya volví a tu blog. Espero que estés bien. Un beso...(30 nov)
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CIAO AGHATA !!!Te dejo un gran saludo a travès de unas cuantas palabras que estàn llenas de cariño ......(28 nov)
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igualmente yakely, por cierto... tus neuronas siempre están en forma, ¡eh! que yo aprendo muchísimo ......(21 nov)
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Un abrazo Lernita y buen finde......(21 nov)
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